El trayecto desde el puerto de Dumai, en la costa este de Sumatra, hasta Bukit Tinggi, al oeste, cerca del Océano Índico, estaba resultando pésimo. La carretera era estrecha y de doble vía, congestionada y cada vez que nuestro conductor maniobraba para rebasar a otro vehículo nos veíamos, durante algunos breves pero angustiosos instantes, dirigiéndonos al choque frontal c on algún peso pesado y nuestra inevitable muerte, para volver a respirar con alivio tras una hábil maniobra salvadora llevada a cabo in extremis por ambos vehículos. Ese permanente desafío a la parca duraba ya horas cuando, resignado ante lo que parecía inexorable, me quedé dormido. Por esto, cuando el conductor se detuvo sin preaviso en un parador al borde del camino para que pudiésemos bajar a comer algo, me desperté sobresaltado, con la sensación de que algo iba mal. Pregunté adónde quedaba el baño y seguí, todavía sin estar del todo despierto, las indicaciones gestuales que me dieron. Fui bajando por una larga escalera envuelta en las tinieblas -ya era de noche- bordeada por unos canalones por los que corría abundante agua. Al llegar al final me enfrenté con una pared descascarada y con extraños símbolos y una puerta que daba a un recinto misterioso apenas alumbrado por una lamparilla de unos pocos watios. Me cruzó por la cabeza la idea de que quizás había muerto en un accidente carretero estúpido mientras dormía y que esa era nada menos que la entrada al infierno y aceptando mi destino, cualquiera que fuese, crucé el umbral.
(Publicada en El País Cultural en noviembre de 2010)
