Prolijamente alineadas cual soldados durante una revista, seleccionadas cuidadosamente, protegidas, mimadas y coquetas en sus macetitas, las plantitas que constituían la élite vegetal de la casa miraban a la distancia, con desdén y no sin cierta pena, a sus parientas del humedal. Éstas, por su parte, apenas las percibían y no les importaba, estaban todo lo felices que se puede estar en libertad. Después de todo simplemente ocupaban los puestos que la madre naturaleza había dispuesto para cada una de ellas, como debe ser, pensaban, aunque poco. Estaban demasiado entretenidas dialogando a su manera con los numerosos animales, libres ellos también, con los que convivían en el humedal.
