Algunas veces pienso que por algún oscuro designio -y no precisamente de los dioses- vivimos en un eterno engaño, al menos en lo que respecta a algunas cosas. Por ejemplo, tomemos el café. Se dice que el café es un brebaje de sabor agradable. Concuerdo. También nos informan en que tiene mucha cafeína. Claro, si es café qué iba a tener ¿no? Pero luego nos advierten que la cafeína del café nos mantiene alertas, y entonces, viendo esta imagen delante de mis tres ojos (los dos con los que salí de fábrica más el de la cámara) siento que me asalta las duda. El vecino que seguramente tras hacer sus compras en la feria ahora yace aparentemente vencido por la suave modorra provocada por el tibio sol de abril, ¿al final, tomó café o no? Está ahí de casualidad o tras catar alguno de los exquisitos brebajes publicitados a su lado se durmió igual, como si hubiese engullido un somnífero?
Qué incógnita.
