A media tarde llegó el sol, las nubes se molestaron y se fueron, espero que bien lejos. La playa de Piriápolis estaba vacía, los escasos turistas y locatarios que suelen frecuentarla aún no se habían percatado del cambio y los únicos que la disfrutaban plenamente eran pájaros y perros. Esos dos jugaban con entusiasmo, dueños y y señores de la arena en toda su extensión una vez más.