sábado, 11 de julio de 2009

Será en vano

Pasaba por un café algo alejado del centro de Castillos, un poblado al este de Uruguay, cuando vi la mano, posada como un pájaro sobre la mesa junto a la ventana. Era una mano de anciano, gastada y encogida por los años, que parecía querer aferrarse a la pulida superficie sobre la cual descansaba. Y justo enfrente, a pocos centímetros, tenía al enemigo, con las fauces abiertas como una cobra real, pronto para dar el salto final.
Ambos rivales, la mano que trabajó, que pudo haber golpeado a alguien con furia, que seguramente acarició, al menos alguna vez, un suave pecho de mujer, la cabeza de un niño, y el representante del tiempo, "esa otra daga", como dijo Borges, se medían en silencio.
Yo tenía entonces 26 años, ya había leído mi buena dosis de obras del bardo de Barrio Norte y como todo fotógrafo, tenía siempre presente el carácter volátil del tiempo, así que sin perder ni un instante en medir la luz siquiera, disparé varias veces la cámara antes de que la escena se desvaneciese.
Cuando revelé la imagen y amplié el negativo, noté algo que se me había escapado en el momento de la toma: un poco más arriba del reloj, también posada sobre la mesa y quizás también al acecho, hay una mosca.
Esa mosca modifica la escena, pues en vez de ser una suerte de representación poética de la épica (aunque inexorablemente perdida de antemano) batalla entre la mano -o mejor dicho, entre su dueño, él, nosotros todos- y la daga asesina, la presencia del insecto le otorga al conjunto un leve toque macabro, hasta morboso si se quiere, maldita mosca.